En Colombia se está transformando la naturaleza de la democracia. Estamos viviendo hoy una democracia de alta intensidad

No puedo quedarme callado ante los recientes informes internacionales, como el de The Economist, que sugieren un retroceso en la calidad democrática de Colombia. Me parece que, en este caso, se incurre en un error de diagnóstico fundamental: confunden la estabilidad del silencio con la salud institucional. Como ciudadano, observador y analista de nuestra realidad, sostengo que lo que hoy vivimos no es un debilitamiento del sistema, sino el ejercicio de una democracia de alta intensidad que ha roto con la tradición de la sumisión histórica del ejecutivo ante los grupos de poder.

Es necesario desmitificar la narrativa del "ataque a la prensa". En Colombia, la libertad de información es un hecho incontrovertible. Ningún periodista ha sido vetado, a ninguno se le ha quitado o suspendido su licencia,  ningún medio de comunicación ha sido censurado o clausurado. Lo que existe es un cambio de paradigma: el derecho legítimo del Gobierno a la réplica. Confrontar la información sesgada, los titulares de "mala fe" y la narrativa construida desde los grandes conglomerados económicos no es autoritarismo; es el legítimo derecho a la defensa, o lo que los expertos denominan “simetría comunicativa”. La democracia no exige un presidente mudo, por el contrario, reclama un debate vibrante donde el relato oficial tenga el mismo derecho a defenderse que el relato opositor político y gremial. O es que el presidente tiene que soportar con espíritu estoico las declaraciones que a diario hacen Jaime Alberto Cabal Sanclemente presidente de Fenalco y Bruce Mc Master presidente de la Andi, o las declaraciones destempladas de magistrados de las altas cortes ? 

En cuanto a la independencia de poderes, los hechos hablan por sí solos. Aunque desde el Ejecutivo se han cuestionado decisiones de órganos de control y cortes por considerarlas politizadas, el acatamiento ha sido absoluto. La firmeza en la defensa de los puntos de vista del gobierno no debe confundirse con el desacato. Todas las decisiones han sido acatadas así no nos gusten. 

Mientras que en el pasado la protesta social era reprimida con sangre y estigmatización, hoy garantizamos el disenso. La oposición marcha, los sectores productivos protestan y los movimientos campesinos se manifiestan sin enfrentar la brutalidad de la fuerza pública. Una democracia que protege a quien la fustiga es una democracia que se fortalece.

A esto hay que sumarle el mayor ejercicio de transparencia sin precedentes, la apertura total de la gestión pública. El Gobierno ha sido tan abierto que ha convertido los Consejos de Ministros en espacios transmitidos por televisión, permitiendo que la ciudadanía vea, de primera mano y sin filtros, cómo es que se gobierna y se toman las decisiones en este país. Este nivel de exposición pública es la antítesis del autoritarismo.

Finalmente, es claro que los índices liberales europeos, diseñados para valorar la quietud y el consenso de élites, castigan nuestra actual efervescencia. Sin embargo, estamos demostrando que la verdadera institucionalidad no reside en la complacencia, sino en el respeto a las reglas de juego incluso en medio de la máxima tensión política. No estamos ante una crisis; estamos ante la consolidación de un sistema donde el poder ya no se ejerce bajo cuerda, se ejerce de cara al país, por ello  creo sin lugar a equivocarme, que Colombia ha dejado de ser una democracia de fachada para convertirse en una de participación real y confrontación de ideas. 

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