Paloma se desplumó y, de paso, su candidatura se desplomó
Las últimas mediciones de Invamer, Guarumo y el CNC publicadas esta semana coinciden en un diagnóstico incuestionable: la candidatura de Paloma Valencia ha entrado en una bancarrota irreversible a solo una semana de la primera vuelta. Su caída obedece a continuos errores de táctica y estrategia que ignoran las lecciones históricas recientes y ahogada y devorada por sus propias contradicciones.
El pecado original de Valencia fue la falta de una jerarquía política autónoma. Su legitimidad quedó fracturada desde las cuestionadas encuestas internas del Centro Democrático en enero, que provocaron el distanciamiento y la deserción de sectores gremiales y orgánicos de la derecha que comenzaron a migrar hacia el proyecto de Abelardo de la Espriella. Al subordinar su identidad bajo la conocida premisa de «Uribe es mi papá» y proponerlo como su eventual Ministro de Defensa, renunció a liderar con luz propia, dejando la tutela de la corriente de derecha en manos de una jefatura hoy difusa, incapaz de contener el canibalismo interno de las facciones derechistas que se disputan la titularidad suprema del uribato.
Buscando afanosamente los votos de opinión urbana tras la consulta del 8 de marzo, Valencia cometió el desatino de incorporar a Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial. Esta jugada ambigua causó un cortocircuito estético y político: desdibujó su identidad ideológica ante la derecha genuina sin lograr capturar la confianza de un centro independiente que consideró el movimiento incompatible con las banderas uribistas de la candidata. Terminó perdiendo la pureza doctrinal ante los suyos sin ganar la simpatía de los ajenos.
El golpe de gracia que sepultó su relato fue el «abrazo del oso» de los aparatos políticos tradicionales. En un remedo de la fallida estrategia de Federico Gutiérrez en 2022, Valencia posó en fotos con los caciques del Partido Conservador, el Liberalismo residual, La U y Cambio Radical. En lugar de blindarla, amarrarse a las maquinarias que encarnan cincuenta años de clientelismo, exclusión y corrupción la convirtió en la expresión perfecta del viejo país.
Mientras un país mayoritariamente antiestablecimiento busca la ruptura, Paloma eligió vestir los ropajes del viejo orden moribundo. El eclipse de su opción es ya un hecho irreversible, la Paloma se desplumó y su candidatura se desplomó.
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