Quién dijo que a los 70 uno no se puede ir de mochilero?
Les comparto a mis amigos, la aventura que he vivido y disfrutado por el sudeste asiático. Comencé por Manila, con el propósito de recuperar mi precario inglés. Se preguntarán porqué escoger Manila, y les respondo: buscaba una ciudad con el mejor nivel de inglés de la población y tan económica para vivir como en Colombia. Busqué tiquetes por varios días hasta que encontré uno que me dejó boquiabierto y sin pensarlo 2 veces hice clic, la 3a parte de lo que siempre había encontrado. Eso sí, me tocó salir en una fecha, 8 días antes de lo que tenía programado, pero el ahorro valía la pena y el destino, invariable, Manila. Cali-Bogotá-Boston-Manila. 28 horas de vuelo con 12 adicionales en escalas.
Había reservado desde Colombia un Airbnb. El apartamento, eso sí, muy cómodo y bonito, pero caro para una estancia larga. Era por pocos días mientras me ubicaba. Para rematar, me quedaba bastante lejos del instituto donde finalmente pude matricularme a estudiar inglés.
Estaba yo metido en una zona rodeada de tres universidades gigantescas. Edificios de lujo, sí, pero habitados por unos estudiantes extranjeros más fríos que un helado. Uno les daba el saludo y ni por cortesía le devolvían la mirada; gente muy distante, metida en su cuento y sin un mínimo de calidez humana. ¡Qué diferencia con lo que uno está acostumbrado!
Como yo no iba allá a hablar con las paredes ni a gastarme la plata en transporte, le hice caso a un consejo de mi esposa Anita (que siempre tiene la razón): "Búscate un hostal, que allá es donde está la gente de verdad". Y así fue como llegué al Yamato Hostel.
Les confieso que al principio me dio como cosita: ¡Imagínense, yo compartiendo cuarto con tres personas más, durmiendo en camarote y con baño compartido! Pero apenas puse un pie allá, sentí el cambio. Un impecable estilo japonés: una música suave, una limpieza que daba gusto y las muchachas de la recepción con una sonrisa que lo dejaban a uno encantado. Nada de borrachos ni de gente haciendo ruido; puro muchacho culto, gente madura y con ganas de conversar. ¡Hasta una sala de lectura amplia, otra de TV super amplia y un comedor con algunos servicios de cocina muy útiles.! Lo único, el aire acondicionado, en extremo frío.
Lo mejor para resaltar: el mantenimiento de los baños compartidos. Todo el tiempo un conserje pasando revista y puliendo los lavamanos, inodoros y baños.
Y la comida, pues la mayoría de los pelados pedían todo por aplicaciones, pero yo me iba era para los kioscos de la esquina. Allá compraba mi pescadito frito, mi pollo sazonado y mis huevos cocidos para hacerme unos desayunos reforzados y salir a patonear por las calles.
Pero lo mejor de todo fue con las señoras de los kioscos. Yo llegaba a comprar con mi inglés ahí medio "masticado" y las señoras se miraban entre ellas, susurraban y se atacaban de la risa. Yo decía: "Bueno, ¿será que tengo un mico en el hombro o qué?". Hasta que un día no aguanté la curiosidad y les pregunté de qué se trataba la guachafita. Una de ellas, muerta de la risa, me soltó en voz alta: "¡Es que tú eres 'Handsome'!" (o sea, que el man todavía tiene tumbao, jajaja). Ahí sí soltaron todas la carcajada y yo quedé sacando pecho.
Por ahora los dejo con esto. Después les cuento otras experiencias, por ejemplo como me fue con el transporte, pero bueno, eso es capítulo aparte.
¡Un abrazo para todos!
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