EL MERCADO LABORAL: ¿FRACASÓ LA PROFECIA SOBRE LA DESTRUCCIÓN DEL EMPLEO?
Colombia 2022–2026: Un balance basado en evidencia (II)
El empleo constituye probablemente el indicador económico que más influye en la vida cotidiana de las personas. Para millones de hogares, la economía no se resume en el crecimiento del PIB o la tasa de cambio; se resume en una pregunta sencilla: ¿es posible conseguir un trabajo y vivir dignamente de él?
Por esa razón, el comportamiento del mercado laboral ocupa un lugar central en cualquier evaluación de gobierno.
Cuando Gustavo Petro asumió la Presidencia en agosto de 2022, Colombia aún enfrentaba las secuelas económicas y sociales de la pandemia. Aunque el mercado laboral había iniciado una recuperación, la tasa de desempleo permanecía en el 10,6 %, la informalidad seguía afectando a cerca de seis de cada diez trabajadores y persistían profundas brechas territoriales, de género y de edad. El desafío consistía no solo en crear empleo, sino en mejorar su calidad.
El debate económico de entonces estuvo marcado por una advertencia recurrente. Diversos analistas sostenían que los incrementos reales del salario mínimo, el fortalecimiento de los derechos laborales y el nuevo enfoque de política económica terminarían reduciendo la contratación formal y aumentando el desempleo. Esa preocupación no carecía de fundamento teórico. Una parte de la literatura económica sostiene que aumentos significativos en el costo laboral pueden afectar la demanda de trabajo, especialmente en economías con alta informalidad como la colombiana.
Cuatro años después, esa hipótesis puede contrastarse con los resultados observados.
Las cifras oficiales del DANE muestran que la tasa de desempleo descendió hasta el 8,0 % en mayo de 2026, uno de los registros más bajos de las últimas décadas. Al mismo tiempo, el número de personas ocupadas superó por primera vez los 23 millones, estableciendo un máximo histórico. Estos resultados indican que el deterioro generalizado del mercado laboral anunciado por numerosos analistas no llegó a materializarse.
La calidad del empleo también mostró una evolución favorable, aunque más gradual. La tasa de informalidad pasó del 58,0 % al 55,5 %, una reducción que permitió incorporar a cientos de miles de trabajadores a empleos con mayor protección social. El avance es significativo, pero también recuerda la magnitud del desafío pendiente: Colombia continúa figurando entre los países latinoamericanos con mayores niveles de informalidad laboral.
El comportamiento empresarial ofrece un elemento adicional para comprender esta evolución. Según el Registro Único Empresarial y Social (RUES), administrado por Confecámaras, el país alcanzó cerca de 1,8 millones de empresas registradas y activas, el mayor número observado hasta ahora. Si bien este indicador no basta para evaluar por sí solo la dinámica empresarial, sí resulta difícil compatibilizarlo con la idea de un colapso generalizado del aparato productivo.
Conviene, sin embargo, interpretar estos resultados con prudencia. El desempeño del mercado laboral nunca depende de un solo factor. La recuperación posterior a la pandemia, la evolución de la economía mundial, las decisiones de política monetaria, el comportamiento del consumo, la inversión pública y privada, así como las políticas sociales y laborales del Gobierno, influyeron conjuntamente sobre estos indicadores. La evidencia disponible no permite atribuir todo el mérito a una única causa, pero tampoco respalda la predicción de un deterioro generalizado d6el empleo.
La perspectiva histórica aporta un elemento adicional. Durante las dos últimas décadas, Colombia ha convivido con un problema estructural de desempleo e informalidad superior al de muchas economías de ingreso medio. Por ello, alcanzar una tasa de desempleo cercana al 8 % y registrar el mayor nivel de ocupación de la historia reciente constituye un resultado que merece ser analizado con atención, independientemente de las preferencias políticas de cada observador.
Naturalmente, el balance no es perfecto. Persisten importantes desafíos en materia de productividad, empleo juvenil, formalización, brechas regionales y calidad del empleo. Ninguno de estos problemas desapareció durante el cuatrienio. Pero una evaluación basada en evidencia exige distinguir entre los retos estructurales que continúan abiertos y las predicciones que finalmente no se cumplieron.
La principal enseñanza de este período es que el debate económico debe resolverse con datos antes que con consignas. Las cifras oficiales muestran que Colombia concluye el cuatrienio con un mercado laboral más sólido que el recibido en 2022. Corresponderá a los historiadores económicos discutir el peso relativo de cada política pública en ese resultado. Lo que ya puede afirmarse es que el escenario de destrucción masiva del empleo anunciado al inicio Del Gobierno del Cambio no encontró confirmación en la evidencia disponible.
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